¿Se Puede Separar La Obra Del Autor?

Una pregunta que ha ido ganando fuerza en las redes sociales y la comunidad en general es qué tanto es posible separar una obra de su autor. Algunos opinan que es imposible: otros, que la obra es una entidad a parte del autor en cuando esta es liberada al público. Sin embargo, existe también la posibilidad de encontrar, indudablemente, pedazos del autor en su obra. En este sentido, qué ocurre cuando dicho autor rompe la ley, tiene ideas que perjudican a la sociedad, u algún parecido que provoca que su propio nombre manche su obra.

Aquí es donde entra el famoso debate de si es pertinente separar a la obra del autor, o, por el contrario, desechar ambas partes, si es que tal cosa es posible.

Para los estudiosos de la literatura esta pregunta no es nueva, teóricos han escrito ensayos sobre la muerte del autor, separarlo de su obra, no indagar en su pasado ni vida privada para interpretar su texto, evitando así factores externos que pudieran intervenir en la visión del texto por sí solo. En otros casos, sin embargo, es imposible comprender la obra de un autor sin el contexto de sus vivencias. Esto es, claro, en el sentido académico, no social, que es lo que está ocurriendo ahora en las redes sociales.

La famosa cultura de la cancelación, o señalar los errores de los famosos a pesar de que sean famosos, es la razón principal para que la sociedad intente, de alguna manera, consumir productos literarios, cinematográficos o artísticos en general producidos por personas de moral dudosa sin sentirse culpables por ello. Diversos factores influyen en esta decisión: si tu consumo le produce ganancias al autor, si el hecho de alabar el producto significa alabar al autor por igual, si comentar sobre él solo le da más publicidad, etcétera.

Entonces, los que están de acuerdo en separar la obra del autor argumentan que, al ponerla a disposición del mundo y la sociedad, dicho producto artístico ya no le pertenece ni es una extensión de él, sino que ahora le pertenece a los consumidores que lo disfrutan, interpretan, y revisitan. Por otro lado, están los que argumentan que es imposible separarlos, que ambos se pertenecen entre sí y no hay manera de que uno sea concebido sin el otro, por lo que consumir productos de personas que han perjudicado a los demás parece, para muchos, algo hipócrita.

Ahora bien, muchas situaciones en las que se ha cancelado o recriminado a famosos pueden llegar a ser bastante subjetivas como el debate en cuestión, con muchos puntos de vista e interpretaciones en las que se llegan a diversas conclusiones que muchas veces son a conveniencia del consumidor mismo.

Teniendo en cuenta ambos lados, es difícil dibujar una línea entre lo que está bien y lo que está mal, sobre todo porque, como todo en la vida, nada es blanco y negro, las acciones se mueven en un espectro gris que cada uno acomoda a su modo y preferencia. En este sentido, está también el argumento sobre el consumismo en general, que es otro problema más que daña a nuestra sociedad, pero ese es un tema para otro momento.

Al final del día, no hay una respuesta enteramente correcta. Existe arte tan antigua, cuyos autores han muerto y sus terribles actitudes se comenzaron a cuestionar cuando ya eran clásicos, que es muy difícil deshacerse de ellos, y hay autores tan nuevos que es sencillo dejarlos de lado si se intenta de verdad. Hay otros que aun están en un punto medio, tambaleándose en la cuerda floja de lo que la sociedad decidirá de ellos. 

No son escasos los nombres de extremadamente reconocidos artistas que han caído en la polémica, principalmente hombres, por denuncias de abuso, racismo, pedofilia, entre otras; por ejemplo, Woody Allen, Polanski, Michael Jackson, Plácido Domingo, y muchos más. Sin embargo, nunca habrá un consenso definido, siempre existirá por lo menos una persona que consuma el trabajo de aquellos abusadores, por más acusaciones que acumulen.

La tarea yace entonces en analizar y, sobre todo, cuestionar cada línea, cada escena, cada acción y cada discurso que nos encontremos en nuestro entorno, discriminar entre los productos que nos ofrece el mercado y saber dibujar una línea con nuestra propia moral, sin dejar nunca de preguntarnos todo.

Por: Andrea Avendaño Gómez

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