Posmodernidad Para Millennials: Licuando Al Sujeto, Parte 3

«El sujeto posmoderno, a diferencia de su antecesor cartesiano, es uno cuyo cuerpo está integrado a su identidad… el cuerpo se ha convertido en una de las preocupaciones más recurrentes del pensamiento posmoderno…Miembros destrozados, torsos atormentados, cuerpos ensalzados o encarcelados, disciplinados o deseantes.» (Eagleton Terry, 1996, pp.109)

La trilogía se cierra (por el momento) en el crepúsculo de la significación parcial o total del centro causal de la teoría filosófica… el sujeto. Si bien en los anteriores apartados abordamos la síntesis de la nueva estructura denominada “posmodernidad” y su afluencia política al respecto, faltó un eje crucial para entender desde lo macro a lo micro la desnaturalización objetiva del ser.

Por nuestra capacidad de raciocino y suspicacia hemos hecho “nuestro” el valor de la consciencia; su límite metafísico y existencial corresponde a un cuestionamiento crítico sobre el “sentido común” coaccionando el romance con la verdad. Esto es, el entendimiento de la triada (signo, significado, significante) que compromete al individuo a sustanciar la realidad a modo de sus parámetros socio-culturales, que a su vez, se hayan vacíos y carentes para otro u otros individuos en colectivo.

  «Los cuerpos son una manera de hablar acerca de los sujetos humanos sin volverse estúpidamente humanista… Por todas sus contorsiones carnavalescas, hablar del cuerpo es, entre otras cosas más positivas, nuestra última forma de represión; y el culto posmoderno del placer, al menos en sus variedades parisienses, es realmente una cuestión solemne y de alto tono.» (Eagleton Terry, 1996, pp.111)

La negación de los paradigmas estructurales se focalizó rompiendo la barrera del inherente conocimiento heredado por las civilizaciones primigenias. Sostener un absoluto en términos de proposición, corresponde ahora, un altercado simbiótico hacia las nuevas crisis y redefiniciones del sujeto, no en su mente abstracta, sino en su corporalidad.

Si bien la estética en los marcos tradicionales griegos y renacentistas ha sido la cúpula del arte humanista, hoy se aprecia como la represión del inocuo, transgresor de la regla o fenómeno que en su particular propuesta no digiere el estigma, sino que hace suyo el significado y reifica el concepto. Ahora bien, el sujeto no derrocha su humanidad a lo que ser humano propiamente significa en potencia, sino su desarraigo hacia su esencia que lo encasilla y violenta a las condiciones subyacentes de su época.

El individuo se mira en un espejo perplejo de lo que es, pero mistificando su labor ideológica por sobre la objetividad, llegando así a la crítica y perdida mas profunda de la verdad… asumir la premisa que niega la verdad sobre la existencia de una verdad.

«… no somos criaturas “culturales” más que “naturales”, sino seres culturales en virtud de nuestra naturaleza, es decir en virtud de la clase de cuerpos que tenemos y de la clase de mundo al que pertenecemos. Dado que todos hemos nacido prematuramente, incapaces de cuidar de nosotros mismos, nuestra naturaleza produce un abismo abierto en el cual debe moverse instantáneamente la cultura.» (Eagleton Terry, 1996, pp.114)

Si postulamos como verdad la apreciación del autor sobre la naturaleza propia del ser humano, caeríamos en el bucle aspiracional a que la verdadera humanidad no es mas que la muerte misma en su impotencia de sobrevivir. Si bien nuestra esencia parte de la naturaleza y la cultura envuelve a esta misma, ya esa acción predispone los silogismos de una psique y atribuye lo que el sujeto adecuara dentro de su raciocino parcial, que a su vez es influenciado por la existencia de otros para con él.

La posmodernidad brinda la idea de ubicar al “humano” en todo aquel producto de su paradigma cultural, despojándolo de lo inherente a si mismo, forjando una ruptura de identidad para con su cosmogonía corporal.

Por: Luis Ernesto Misulinich Orea

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LA ESENCIA DE LA JUVENTUD PLASMADA EN LETRAS