Querida Quiela

20 de octubre de 2021
 
Querida Quiela (Carta 1). 
 
Aquí cae la tarde. Como alguien algún día habrá de decir en algún libro de culto: «–¿qué es el ruido ese?– –Es el silencio–».
 
Te pienso al sopor de la transición de tarde a noche. El viento zumba quedito en las hojas de la chirimoya.
 
Mientras te escribo, observo el altarcito repleto de monitos de barro mal moldeados que venden los alfareros a las afueras de la Basílica –sí, esa que a pesar de tu agnosticismo añoras visitar recién llegada a México– y que han sido dispuestos en mi habitación con tal orden que pareciera que forman parte de un ritual que se repite cada que la noche se aparece por aquí.
 
Te he puesto un poco de dinero, no es mucho porque el tacaño de Vasconcelos aún no paga. Mientras él se pasea por la Alameda con los zapatos bien lustrados, uno aquí tiene que andar reconfigurando al país con las tripas revoloteándole. Nos piden reivindicar en el arte a los oprimidos, mientras en los hechos refunden a indios y obreros en cárceles que modernamente se han empeñado en llamar industrias.
 
Cada vez más me convenzo de que la revolución, el capitalismo y el comunismo no son sino tres aliados malparidos que se regocijan con la miseria de la mayoría. Mientras los de arriba tengan que comer, que beber y con quien coger, a los demás, que digan que les fue bien si almorzaron este día.
 
Pero a pesar de todo, no me la paso mal. Estoy empezando algunas obras que me han encargado. De hecho, ya tengo algunos bosquejos de pinturas, probablemente de tamaños gigantescos. La revolución tiene que ser, no solo armas, sino arte. Y el arte no puede ser de unos cuantos sino de masas, monumental.
 
Las musas no me faltan. Y no me malentiendas, no hablo de cuerpos humanos, sino de la enorme Ciudad de México. No la recordaba tan hermosa como tan caótica. Nada que ver con París, Londres o Venecia. Aquí el arte no florece en las galerías, los museos o las academias; aquí el arte está en sus calles interminables, en su aire, en la gente y sus contrastes; en esta ciudad el arte no es una mera expresión del ser, es el ser mismo de los paisanos y su cotidianidad.
 
Perdona que de aquí a allá se me vaya algún participio involuntario, pero tú has de entender que todos los días convivo con gachupines que se dicen mexicanos, pero cuyo seseo es más exagerado que el de cualquier andaluz jamás salido de España; y sí, en efecto, se pega.
 
La verdad de las cosas es que más allá de las banalidades que te acabo de contar, no tengo más palabras que escribir; los días se han pasado rápido pero con sosiego, me he estado nutriendo de México para poder pintarlo.

En fin, aquí todo va en calma, entre el caos siempre hay calma en estas tierras, porque mientras todo se desmorona, yo sigo pintando, pintando las cenizas en forma de llamas, los escombros en forma de cimientos, los muertos en forma de héroes. Porque México es eso, una pintura nomás.

Ah, ¡saludame a Faure!

Por: Diego Lizandro Pérez

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LA ESENCIA DE LA JUVENTUD PLASMADA EN LETRAS